25 de noviembre de 2008

Curupezno.

Este regalo es para él, que complementa la vida de La Curupisa junto a Curupiso. Esto me lo recitaba mi abuela, yo me lo aprendí y lo decía cuando me acordaba, pero como si fuera un rezo hasta que en un momento presté atención y nunca más la dije hasta hoy en que es propicio:

Ven para acá, me dijo dulcemente
mi madre cierto día.
(Aún parece que escucho en el ambiente
de su voz la dulce melodía)
- Ven y dime qué causas tan extrañas
te arrancan esa lágrima, hijo mío,
que cuelga de tus trémulas pestañas
como gota cuajada de rocío.
Tú tienes una pena y me la ocultas;
¿no sabes que la madre más sencilla
sabe leer en el alma de sus hijos
como tú en la cartilla?
¿Quieres que te adivine lo que sientes?
ven acá pilluelo,
que con un par de besos en la frente
disiparé las nubes de tu cielo.
Yo prorrumpí a llorar. Nada le dije.
- La causa de mis lagrimas ignoro,
¡pero de vez en cuando se me oprime
el corazón y lloro!...
Ella inclinó la frente pensativa,
se turbó su pupila,
y enjugando sus ojos y los míos,
me dijo más tranquila:
- Llama siempre a tu madre cuando sufras,
que vendrá muerta o viva;
si está en el mundo, a compartir tus penas;
y si no, a consolarte desde arriba.
Y lo hago así cuando la suerte ruda,
como hoy, perturba de mi hogar la calma,
invoco el nombre de mi madre amada,
¡y entonces siento que se me ensancha el alma!


Consejo Maternal de Olegario Víctor Andrade.

3 comentarios:

miquelet dijo...

Preciosas palabras. El amor de una buena madre por su hijo es una de las pocas cosas en el mundo que puede ser infinito.

Salud.

Curupisa dijo...

Bueno, Miquelet, el amor de una mala madre también puede ser infinito...

Abrujandra dijo...

¡Cuánta verdad!
Infinito ambos, voy al fondo, me suicido y vuelvo.