9 de abril de 2009

Lapidar



Apedrear es su otro nombre. Miles de hombres y mujeres han perecido aplastados bajo la lluvia de cascotazos, llegando como vendaval sobre su humanidad.

Lapidar no es sólo un arrojar la piedra y esconder la mano. En la lapidación no hace falta esconder la mano porque no hay sólo una mano, ni sólo un par de manos. Una enorme multiplicidad fraterna de manos se alzan para aventar el objeto contundente. Una precaria forma de fusilamiento.

Existe, como vemos, algo avieso en la lapidación (en el lapidario), pues siempre cabe al ejecutor, para salir indemne, libre de la culpa, la excusa de que todos los demás lo estaban haciendo.

Siempre precede justamente a la lapidación un justo juicio, con justas pruebas, un justo alegato y una justa condena.

El condenado recibe su castigo no tanto en la muerte por lapidación precisamente, sino en la exposición en la plaza pública, ante el ojo condenatorio de la audiencia, que espera con lascivia el momento de arrojar el bulto sobre el cuerpo del deseo –en esto, la lapidación es análoga al espectáculo pornográfico. Así, el castigo se halla en un punto equidistante entre la vergüenza y la expectación del golpe inminente…

Muchas mujeres siguen muriendo aún por este método en algunos lugares del mundo, por motivos que, desde nuestra burbuja fofa, nos parecerían irrisorios. Y algunos nos escandalizamos ante el espectáculo (a que asistimos, de buen grado a veces) de la barbarie y de lo primitivo. Y de sólo imaginar lo que puede pasar por esas mentes, en ese preciso instante suspendido entre el esperar y el efectivamente recibir la pedrada, me invade la náusea.

Sin embargo, existen modos más simbólicos de lapidación. Todo artista sabe del peso de la crítica lapidaria. Todo profesor sabe el rostro del alumno ante la calificación lapidaria. Todos sabemos los efectos de un lapidario chisme arrojado a andar por un hijo de buen vecino. Lapidarios se lanzan rumores constantemente sobre cualquier sujeto pasible de devenir figura pública o mediática. Programas de chimento lapidarios se lanzan a descuartizar la presa, luego de darle muerte ante el ojo ávido del público. Lapidarias son, también, a veces, las palabras de quienes se erigen en juez del orbe, supremos exponentes de la buena ética, dueños de la ley y el poder de policía.

Lapidar… a veces pienso (así es, aunque a algunos esto le parezca una inverosímil actividad de mi parte), a veces suspiro, suponiéndome alejada de esa miseria humana… Luego reconsidero. Después de todo, quién soy yo para arrojar la primera piedra.

Silvia Insaurralde

6 comentarios:

Aldhanax Swan dijo...

Gracias por este post, aunque cruel es muy real y las mujeres de este lado del mundo no deberíamos olvidar nunca que en alguna parte hay muchas que sólo por estudiar o hacer lo que para nosotras es normal, como enamorarse es visto como una pena de muerte y mueren de la peor manera.
Besos.

Abrujandra dijo...

Pfuáááá,, mirá el recuerdo que disparó, la primera vez que supe fue leyendo la biblia y le pregunté a mi madre en qué consistía...no dormí esa noche de la impresión.
Besos.

La película estaba doblada al gallego,todo el día bajandola...pero la encontré en un blog para verla online, guaraní memeté con suctítulos, qué pena que no sepa bien...en fin.

Abrujandra dijo...

Ah...como siempre, su escrito muy profundo y revelador...y bello...Ña Curu.
La saluda kachuchón con frío y viento.

Clara y Pepe (los Chuquis) dijo...

Maldita manía de arrojar piedras que tenemos los seres humanos... como si fuésemos lo suficientemente inmaculados.
Sería lindo ir sembrando perdón, comprensión, amplitud y tolerancia por el mundo, para cosechar lo mismo.
Besos.

Andrea dijo...

Así definida, qué cerca está la lapidación de lo pornográfico.

Qué tristeza.

Muy bien escrito...

Vicky dijo...

Gracias! ya que vivimos pensando... pensemos en todo, en un todo como lo planteas aqui.

beso Vicky. Uruguay