23 de septiembre de 2013

Texto Tejido II

   "Cuando ambos sexos se mezclaban en calidad de lectores, la mujer solía ocupar una posición sometida a la tutela del varón. En ciertas familias católicas se prohibía a las mujeres leer el periódico. Era corriente que un varón lo leyera en voz alta. Esta era una tarea que en ocasiones implicaba cierta superioridad moral y el deber de seleccionar o censurar el material apto para los oídos femeninos.
   Mientras que del hombre se esperaba que leyese las noticias políticas o de deportes, le correspondían a la mujer los capítulos que el periódico dedicaba a los faits divers y a la ficción serializada. EI periódico se dividia, por tanto, en secciones temáticamente diversas de acuerdo con expectativas basadas en el sexo. EI roman-feuilleton, o la novela por entregas, era objeto de las conversaciones de las mujeres lectoras, y muchas de ellas cortaban los episodios a medida que se publicaban, y los pegaban o encuadernaban. Las novelas improvisadas creadas de este modo pasaban de mano en mano. Como explica la hija de un zapatero de Vaucluse nacida en 1900:
   Yo cortaba y releia los suplementos deI periódico. Las mujeres nos los pasábamos.EI sábado por la tarde, cuando los hombres acudían al café, las mujeres venían a casa a jugar a las cartas. Ante todo, nos interesaba intercambiar nuestros suplementos, cosas como Rocambole o La porteuse depain.
   De este modo, mujeres que jamás habrían comprado un libro improvisaban su propia biblioteca a base de textos recortados, cosidos, y a menudo compartidos. 
   Algunos historiadores que han entrevistado a mujeres acerca de sus prácticas de lectura en el periodo anterior a 1914 conocen muy bien ciertas actitudes muycomunes. La respuesta femenina más frecuente, cuando meditan sobre su vida como lectoras, es la queja por el poco tiempo que podían dedicar a la lectura. Estas mujeres, como sus madres, suelen afirmar que "estaba demasiado ocupada con mis tareas", o "madre jamás estaba quieta". En la memoria de muchas mujeres de la elase trabajadora prima el tiempo dedicado a pelar patatas, bordar, hacer pan y jabón. No había tiempo para recrearse. De ninas, recuerdan haber temido el castigo si eran sorprendidas leyendo. Las, obligaciones domésticas eran lo primero, y admitir que se leía equivalia a confesar negligencia en el cumplimiento de sus responsabilidades frente a la familia. La imagen ideal de la buena ama de casa parecía incompatible con la lectura.
   Sin embargo, las mujeres de la clase trabajadora leían, según han sabido los historiadores que han recogido testimonios orales: leían revistas, ficción, recetas, muestrarios para las labores, aunque persisten en desacreditar su propia cultura literaria"
Lyons, M.: "Los nuevos Iectores deI sigIo XIX: mujeres, niños, obreros"

9 de septiembre de 2013

Labores Literarias I: Gabriel García Márquez


   "Cuando Pietro Crespi se enteró del nuevo aplazamiento, sufrió una crisis de desilusión, pero Rebeca le dio una prueba definitiva de lealtad. «Nos fugaremos cuando tú lo dispongas», le dijo. Pietro Crespi, sin embargo, no era hombre de aventuras. Carecía del carácter impulsivo de su novia, y consideraba el respeto a la palabra empeñada como un capital que no se podía dilapidar. Entonces Rebeca recurrió a métodos más audaces. Un viento misterioso apagaba las lámparas de la sala de visita y Úrsula sorprendía a los novios besándose en la oscuridad. Pietro Crespi le daba explicaciones atolondradas sobre la mala calidad de las modernas lámparas de alquitrán y hasta ayudaba a instalar en la sala sistemas de iluminación más seguros. Pero otra vez fallaba el combustible o se atascaban las mechas, y Úrsula encontraba a Rebeca sentada en las rodillas del novio. Terminó por no aceptar ninguna explicación. Depositó en la india la responsabilidad de la panadería y se sentó en un mecedor a vigilar la visita de los novios, dispuesta a no dejarse derrotar por maniobras que ya eran viejas en su juventud. «Pobre mamá -decía Rebeca con burlona indignación, viendo bostezar a Úrsula en el sopor de las visitas-. Cuando se muera saldrá penando en ese mecedor.» Al cabo de tres meses de amores vigilados, aburrido con la lentitud de la construcción que pasaba a inspeccionar todos los días, Pietro Crespi resolvió darle al padre Nicanor el dinero que le hacía falta para terminar el templo. Amaranta no se impacientó. Mientras conversaba con las amigas que todas las tardes iban a bordar o tejer en el corredor, trataba de concebir nuevas triquiñuelas. Un error de cálculo echó a perder la que consideró más eficaz: quitar las bolitas de naftalina que Rebeca había puesto a su vestido de novia antes de guardarlo en la cómoda del dormitorio. Lo hizo cuando faltaban menos de dos meses para la terminación del templo. Pero Rebeca estaba tan impaciente ante la proximidad de la boda, que quiso preparar el vestido con más anticipación de lo que había previsto Amaranta. Al abrir la cómoda y desenvolver primero los papeles y luego el lienzo protector, encontró el raso del vestido y el punto del velo y hasta la corona de azahares pulverizados por las polillas. Aunque estaba segura de haber puesto en el envoltorio dos puñados de bolitas de naftalina, el desastre parecía tan accidental que no se atrevió a culpar a Amaranta. Faltaba menos de un mes para la boda, pero Amparo Moscote se comprometió a coser un nuevo vestido en una semana. Amaranta se sintió desfallecer el mediodía lluvioso en que Amparo entró a la casa envuelta en una espumarada de punto para hacerle a Rebeca la última prueba del vestido. Perdió la voz y un hilo de sudor helado descendió por el cauce de su espina dorsal. Durante largos meses había temblado de pavor esperando aquella hora, porque si no concebía el obstáculo definitivo para la boda de Rebeca, estaba segura de que en el último instante, cuando hubieran fallado todos los recursos de su imaginación, tendría valor para envenenaría. Esa tarde, mientras Rebeca se ahogaba de calor dentro de la coraza de raso que Amparo Moscote iba armando en su cuerpo con un millar de alfileres y una paciencia infinita, Amaranta equivocó varias veces los puntos del crochet y se pinchó el dedo con la aguja, pero decidió con espantosa frialdad que la fecha sería el último viernes antes de la boda, y el modo sería un chorro de láudano en el café.


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, Cien Años de Soledad.