15 de abril de 2007

EL HOMBRE DE LA BOLSA

“Señoooooooora, ¿y si el Hombre de la Bolsa
tampoco quiere tomar la sopa?
LES LUTHIERS

De chicos, para que nos portemos bien y no saliéramos sin permiso de los papis, a muchos de nosotros nos asustaban con historias de seres maléficos que, aparentemente, se escondían en cualquier esquina -al acecho de cualquier imprudente que diera el mal paso para llevárselo lejos.
Así oímos hablar, por primera vez, del Hombre de la Bolsa. Este personaje malvado, inventado por algún padre malintencionado, corto de ideas y políticamente incorrecto (ya que siempre se identificaba con un mendigo), era tan pobre que ni nombre tenía. Era sólo un tipo con una bolsa (angá).
El origen de este ser legendario es indefinido, aunque forma parte del folklore de pueblos diversos, especialmente los hispanohablantes.
En
cocoweb encontramos un comentario del folklorista Joan Amades:
En términos generales, el pueblo siente cierto recelo hacia los adelantos y las mejoras de carácter mecánico, rodeándolos de leyendas y de creencias que tienden más bien a desacreditarlos y a hacerlos odiosos. Más de una vez hemos oído que los ejes de las ruedas de los carros y demás vehículos, que los pernos de las muelas de toda suerte de molinos y que incluso las jarcias del velamen de las naves debían engrasarse muy a menudo para ayudar a sus movimientos, empleando para ello saín obligadamente humano, pues que no servía para el caso el de animal. La grasa debía ser fresca y tierna. La industria para procurarse el saín necesario debía acudir al degüello de infelices criaturas, de las que debían sacrificarse en buen número y a diario para satisfacer las necesidades industriales. A fin de procurarse víctimas, rondaban por las calles unos hombres con un saco al hombro, que sonaban una tonadilla que atraía a cuantos niños la oían, los cuales se sentían como hechizados a su son y, sin darse cuenta, iban tras el músico, quien los conducía hasta un paraje despoblado, donde aprovechaba un momento para retorcerles el pescuezo, metiéndolos en un saco y llevándolos luego al desollador, quien le pagaba a buen
precio su carga. Este descuartizaba al infeliz para obtener el máximo producto industrial de su cuerpo. No todos los embaucadores de niños se servían de la música para atraerles; los había que mostraban un teatrillo o unas vistas en colores y otra suerte de espejuelos.
La introducción del ferrocarril y de la tracción urbana eléctrica, al igual que la gran expansión industrial, robustecieron sensiblemente este personaje, el cual era actualísimo en Barcelona cuando nosotros éramos niños, y del que nos habían hablado insistentemente en los términos referidos, pintados en tonos terroríficos y espeluznantes. Este personaje aún es activo, pero la generación infantil actual no tiene del mismo la idea precisa y horrible que tenían de él las generaciones del siglo pasado, no pasando hoy de ser uno de tantos espantachicos (
Amades 1957: 256-7).


Suerte que también soy un ser mitológico... Si no, también tendría miedo...
En fin...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿tenès màs trabajos que publicar?
me encantò el relato
se los voy a contar a mis nietos

Delia - Asunciòn

Curupisa dijo...

Delia, de a poquito voy armando las cosas (sobre la marcha), así que sí, va a haber más cositas... Me alegro de que te haya gustado el relato. Ya voy a subir otros (aunque no todos del mismo tipo)